Recordando
el camino
A lo largo de todo,
por tantas nimiedades
hubo a quien dar las gracias.
Las palabras llegaban,
y eran justas, y hacían
su trabajo de don y de sonrisa.
Pero al llamar a la memoria
lo más fuerte y profundo,
brota el asombro.
Ante tal realidad se
desmorona
el lenguaje más firme.
Y entonces nadie;
otras veces, un ángel concreto aparecía.
Fuera quien fuera el
mensajero
del trance a lo más hondo,
no era posible
decirle algo,
ofrecerle respuesta.
La frase más perfecta
era un guiñapo,
flor sin lugar, ajena impertinencia.
Sólo el silencio
era lo digno.
Las palabras habían
escapado,
ni siquiera existían.
Es ahora ya para nombrar
fantasmas
cuando regresan.
Rodrigo Escobar Holguín